el cesto de fresas

Mi abuelo paterno murió cuando yo era pequeño. Una de las cosas que recuerdo de él con más cariño era cómo me contaba cuentos. Toda su vida fue maestro rural y yo era su primer nieto, así que sabía cómo hacerlo.
Este año cayó en mis manos un libro que él utilizaba en sus clases. Es un libro publicado en el año 1931 con diferentes lecturas, a modo de cuentos breves, con unos ejercicios para los alumnos. Desde hace un tiempo, leo alguno de estos cuentos a alguien especial para dormir. El otro día hubo uno que me gustó especialmente y que comparto con vosotros.
El cesto de fresas
Un viejo soldado regresa a su pueblo, después de haber sufrido las consecuencias de una interminable campaña.
Un balazo le hirió en una pierna y hubo necesidad de amputársela.
Al cruzar una aldea se siente enfermo, y gracias a los cuidados caritativos de unos granjeros, no encuentra la muerte en plena calle. Le ofrecen el pajar para dormir.
Paquita, una muchacha humilde, hija de honrados artesanos, ha visto caer, rendido de fatiga, al pobre viejo.
Ella quisiera ofrecerle buena cama y buenos alimentos, pero la pobreza de sus padres hace imposible el cumplimiento de tales propósitos.
De todas maneras, diariamente le ofrece una pequeña limosna.
Una mañana el soldado le dice con visible inquietud:
– He sabido que tus padres son pobres; quiero que me digas cómo procuras el dinero que me das. Yo preferiría morir de hambre antes que recibir un céntimo por el que tuviera que remorderme la conciencia.
– No tema usted, señor. Voy todos los días a la escuela del pueblo cercano. En mi camino atravieso un bosque. En él se crían muchas fresas silvestres; al pasar lleno un cespito con ellas. Las vendo en el mercado y siempre gano unos céntimos. Mis padres lo saben, y no sólo lo permiten, sino que aprueban mi proceder.
El viejo soldado la escucha enternecido.
– Hija mía, ojalá Dios te dé el premio que mereces y que yo no te puedo ofrecer.
Por muy recompensada se da Paquita al ver la gratitud y la emoción de su protegido.
Pasa algún tiempo. Cierta tarde un alto dignatario del ejército, al hacer parada en el pueblo, reconoce en el viejo soldado a un antiguo asistente suyo. Charlan amigablemente, cuéntanse sus cosas y el general se entera de la bella acción de Paquita. Emocionado por la bondad de la niña corre en su busca, dispuesto a darle una recompensa.
– No, señor, dice la niña con voz segura y el ademán decidido. No deseo ningún premio, porque quizá entonces no tendría valor la acción. El amigo de usted ya me ha premiado diciendo que obraba bien, conforme me dicta la conciencia. Muchas gracias, señor, pero no puedo aceptar recompensa alguna.
– Está bien, bella niña, dice el general. Si perseveras en estos sentimientos, encontrarás en la vida el premio a que te haces acreedora.

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