cosas de la inercia…

“En un experimento se metieron cinco monos en una habitación. En el centro de la misma ubicaron una escalera, y en lo alto, unos plátanos. Cuando uno de los monos ascendía por la escalera para acceder a los plátanos, los experimentadores rociaban al resto de monos con un chorro de agua fría. Al cabo de un tiempo, los monos asimilaron la conexión entre el uso de la escalera y el chorro de agua fría, de modo que cuando uno de ellos se aventuraba a ascender un busca de un plátano, el resto de monos se lo impedían con violencia. Al final, e incluso ante la tentación del alimento, ningún mono se atrevía a subir por la escalera. En ese momento, los experimentadores extrajeron uno de los cinco monos iniciales e introdujeron uno nuevo en la habitación. El mono nuevo, naturalmente, trepó por la escalera en busca de los plátanos. En cuanto los demás observaron sus intenciones, se abalanzaron sobre él y lo bajaron a golpes antes de que el chorro de agua fría hiciera su aparición. Después de repetirse la experiencia varias veces, al final el nuevo mono comprendió que era mejor para su integridad renunciar a ascender por la escalera. Los experimentadores sustituyeron otra vez a uno de los monos del grupo inicial. El primer mono sustituido participó con especial interés en las palizas al nuevo mono trepador. Posteriormente se repitió el proceso con el tercer, cuarto y quinto mono, hasta que llegó un momento en que todos los monos del experimento inicial habían sido sustituidos. En ese momento, los experimentadores se encontraron con algo sorprendente. Ninguno de los monos que había en la habitación había recibido nunca el chorro de agua fría. Sin embargo, ninguno se atrevía a trepar para hacerse con los plátanos. Si hubieran podido preguntar a los primates por qué no subían para alcanzar el alimento, probablemente la respuesta hubiera sido esta “No lo sé. Esto siempre ha sido así”.

más ocupados que… pre-ocupados…

Hubo una vez en una aldea un muchacho al que le regalaron un caballo. Alegre, paseaba por los campos mientras todos los aldeanos se admiraban y decían “Que suerte tiene…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá.”

Pasaron unos meses y el muchacho se cayó del caballo y se rompió una pierna. Entonces todos en la aldea se compadecían de él y decían “Que desgracia…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá.”

Al cabo de un tiempo todos los jóvenes de la aldea fueron reclutados por el ejército para ir a la guerra, todos menos el muchacho de la pierna rota. Todos en la aldea se alegraban por el diciendo “Que suerte tiene…” y el Maestro Zen dijo “ya se verá…”

Fábula Zen

Ocuparse más que pre-ocuparse…

El árbol confundido

Había  una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y  bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo  era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El  pobre tenía un problema: no sabía quién era. Lo que  le faltaba era concentración, le decía el manzano:
– Si realmente lo intentas,  podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ves que fácil es?- No lo  escuches, exigía el rosal. Es más sencillo tener rosas y ¿Ves que bellas son?Y el  árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como  los demás, se sentía cada vez más frustrado.Un día  llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves y, al ver la desesperación del árbol, exclamó:- No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. ¡Yo te daré la solución!

“No  dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas…Sé tu mismo, conócete,  y para lograrlo, escucha tu voz interior.”

Y  dicho esto, el búho desapareció.
– ¿Mi  voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? Se preguntaba el árbol desesperado, cuando de pronto, comprendió…
Y  cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz  interior diciéndole:
“Tú  jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera  porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y  majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje…
Tienes  una misión ¡Cúmplela!
Y el  árbol se sintió fuerte, seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para  lo cual estaba destinado.
Así,  pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos.
Y sólo  entonces el jardín fue completamente feliz.

saber mirar…

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Comienzo este nuevo blog con la intención de aunar contenido que antes tenía disperso en un mismo lugar.

Quisiera que la primera entrada fuera rescatar un cuento que me ha venido a la mente en muchas ocasiones en el último curso.

Un grupo de discípulos le preguntó una vez a su maestro Zen:  ¿De dónde viene el lado negativo de nuestra mente?.

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¿Prisa de qué?

No tengo prisa. ¿Prisa de qué? No tiene prisa el sol y la luna: están seguros. Tener prisa es creer que la gente pasa delante de las piernas, o que, dando un brinco, salta por encima de la sombra.
No; no sé tener prisa. Si extiendo el brazo, llego exactamente a donde mi brazo llega, ni un centímetro más allá.
Toco sólo donde toco, no donde pienso. Sólo me puedo sentar donde estoy.
Fernando Pessoa

¿vaca o búfalo?

Cuando viene una tormenta en el horizonte, las vacas instintivamente huyen. Ellas comienzan a correr alejándose de la tormenta con todas sus fuerzas. El problema es que eventualmente la tormenta las alcanza.
En ese momento las vacas corren más fuerte pero debido a que la velocidad de la tormenta es mayor, lo que logran es perpetuar su tiempo en la tormenta.
Tratando de huir de la tormenta simplemente perpetúan su sufrimiento.
Los Búfalos actúan diferente.
Cuando un búfalo ve la tormenta en el horizonte, rápidamente corre en dirección hacia la tormenta. A pesar de que parezca no tener sentido, la realidad es que debido a que la tormenta y el búfalo están en direcciones opuestas, su contacto es el mínimo posible. El búfalo sale de la tormenta rápidamente.
Para ser sincero, la mayor parte de mi vida he actuado como las vacas. Naturalmente tiendo a huir de los problemas hasta que me alcanzan… y luego tratando de seguir huyendo no hago más nada que prolongar el sufrimiento y empeorar las consecuencias.

saber mirar

Un grupo de discípulos le preguntó una vez a su maestro Zen:  ¿De dónde viene el lado negativo de nuestra mente?.
El maestro se retiró un momento y enseguida regresó con un gigante lienzo en blanco.

En medio del lienzo había un pequeño punto negro.
¿Qué ven en este lienzo? preguntó el maestro. Los discípulos respondieron, un pequeño punto negro.
El maestro dijo: Ese es el origen de la mente negativa. Ninguno de ustedes ve la enorme extensión blanca que lo rodea.